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Un peruano con suerte

8 Oct 2010 - 10:37 pm

Julio César 
Londoño

Por: Julio César Londoño
ES DISCUTIBLE QUE VARGAS LLOSA sea un gran escritor. Lo innegable es que tiene una suerte enorme.No todo el mundo nace bello, rico y talentoso. Y no todo el mundo escribe a los 29 años La ciudad y los perros, una novela muy legible, escrita por un muchacho, sobre muchachos (los internos de un colegio militar) y para muchachos. Por eso nadie la lee hoy, ni siquiera los muchachos.

Ha tenido la fortuna de cometer incesto por lo menos dos veces (¡qué envidia!) y de surfear en la cresta de tres olas concurrentes: el boom latinoamericano, la fiebre mundial de la izquierda (a la que le sacó todo el jugo posible) y la afición europea por todo lo latinoamericano, desde libros hasta música folclórica, marihuana y artesanías.

Ha incursionado en todos los géneros con un éxito muy superior a la calidad de sus libros. Su teatro es más jarto que el teatro promedio. A pesar de que nadie lo ha leído, o tal vez por eso mismo, su libro de crítica, García Márquez, historia de un deicidio, es famosísimo. A Emir Rodríguez Monegal le dijo, sin temblarle la voz, que Tirant lo blanc era mejor que el Quijote.

Su único libro de cuentos, Los jefes, no le gusta ni a él, hasta el punto de que siempre se ha negado a reeditarlo.

Sus novelas fallan en la forma y en el contenido. En la forma, porque su prosa es gris incluso en los pasajes más pretenciosos: “Todos daban por descontado que Javier se graduaría con una tesis brillante, sería un catedrático brillante y un poeta o crítico igualmente brillante”. (La tía Julia y el escribidor, Seix Barral, 1997, p. 19). Difícil ser más opaco. Que se sepa, nadie ha encontrado hasta ahora en sus siete mil páginas un giro que nos sorprenda, un hallazgo verbal, una idea inteligente. Pero la mejor prueba de su fracaso es que no ha sido capaz de crear, luego de 16 novelas, un solo personaje memorable.

En sus contenidos hay demasiado sexo y política; y la política, se sabe, puede ser parte de la escenografía de una novela, no la protagonista, como sucede en casi todos sus libros. Hay que reconocer que el hombre nunca incurre en el panfleto (siempre decanta el asunto con una destreza casi tan buena como la que exhibe la Canción de Solentiname, de Cortázar) y que encontró una fórmula irresistible: socialismo, sociología, historia y sexo, literariamente adobados.

Varios críticos han señalado su obsesión por la palabra verga y quizá por la “cosa en sí”, como diría Kant, pero en realidad este es un vocablo pertinente en la literatura erótica porque pene y falo son sustantivos asaz flácidos.

El sexo es un tema novelístico, claro, pero V. Llosa es tan reiterativo que lo banaliza; lo agota. Se parece mucho a Alberto, ese “muchacho bien” de La ciudad y los perros que podía escribir un relato pornográfico diario para consumo interno de los cadetes del colegio militar.

¿Merecía el Nobel el peruano? La pregunta admite varias respuestas. Si consideramos que Murakami estaba entre los candidatos, hay que decir que V. Llosa volvió a tener suerte. Si nos atenemos al consenso de los hombres de letras, entonces fue merecidísimo. Si recordamos que lo han recibido Echegaray, Le Clezio y Elfriede Jelinek, entonces el Nobel es indigno de V. Llosa. Pero si recordamos que nunca lo recibieron Joyce, Kafka, Proust, Conrad, Tolstoi, Rilke ni Henry James, entonces, hay que decirlo, el hombre merecía la Orden Fujimori o la Cruz de Boyacá… ¡o ambas!

De buenas el hombre, qué duda cabe, pero también de malas porque compartir siglo y vecindario con Borges, Rulfo, Gabo y Neruda es el colmo de la mala pata. Por eso, por éstos, Marito siempre será, pese al Nobel, a su gloria y a sus grandes tirajes, un escritor de segunda fila del hemisferio austral.
  • Julio César Londoño

Película 'Garras de oro' es rescatada tras ocho décadas de olvido

Septiembre 30 de 2009

Película 'Garras de oro' es rescatada tras ocho décadas de olvido

Es considerada la primera película antiyanqui de la historia.

Cómo no iba a resultar intrigante que los 56 minutos de la cinta comenzaran con una inscripción en letras adornadas donde se leía: "Cine-novela para defender del olvido un precioso episodio de la historia contemporánea". Y cómo no iba a despertar curiosidad la escena en la que un 'Tío Sam', en el vértice inferior izquierdo del encuadre, miraba de soslayo, caminaba en puntillas, alargaba sus manos y con sus largas garras de oro arrancaba el trocito del mapa correspondiente a Panamá.

Cómo no iba a resultar una provocación ese filme que transcurría en Rascacielos, ciudad de Yanquilandia, y cuya exhibición incomodó a tal punto al gobierno de Estados Unidos que recomendó censurarla en América Latina. Y cómo no iba a resultar fascinante saber que quien estuvo detrás de esto fue un caleño con seudónimo italiano.

Garras de oro (1926) tenía todos los elementos para despertar la atención de los cinéfilos. De hecho constituía un acertado ejemplo del llamado 'cine huérfano', clasificación que se refiere a las películas perdidas, secuestradas, escondidas, mutiladas, olvidadas, dañadas, anónimas o apócrifas que revelan algo interesante para la historia del cine o para las sociedades donde han sido producidas o difundidas. Por eso hoy, junto con otras nueve cintas, Garras de oro es parte de la Colección cine silente colombiano, recientemente publicada por la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano.

Adiós, Panamá

La película describe hechos ocurridos entre 1903 -año de la separación de Panamá- y 1914, cuando se inauguró el Canal. En ese contexto tiene lugar un romance entre la hija del cónsul colombiano en Rascacielos y un periodista estadounidense que, para librarse de una acusación por calumnia, busca pruebas para demostrar que el presidente Teodoro Roosevelt no era digno de la reelección por haber incumplido un tratado internacional en el que Estados Unidos se comprometía a apoyar el desarrollo del canal interoceánico sin desmembrar a Colombia.

Un argumento muy actual en estos tiempos en que tanto se discute sobre la soberanía nacional. De hecho, Ramiro Arbeláez, profesor de Historia y estética de los medios audiovisuales en la Universidad del Valle, y Juana Suárez, profesora de cine latinoamericano en la Universidad de Kentucky (Estados Unidos), no han ahorrado esfuerzos para recuperar la historia detrás de Garras de oro y demostrar su relevancia en la historia del cine.

Así lo hicieron el pasado 5 de agosto durante la conferencia "Una muda conspiración contra Roosevelt: Garras de oro (The dawn of justice)", presentada en el marco del Congreso de Colombianistas realizado en la Universidad de Virginia. Por cierto, las palabras en inglés -que traducen 'la alborada de la justicia'- son el título como se le conoce en Estados Unidos.

Una aparecida

Todo empezó en los Archivos Nacionales de Washington en 1982. El historiador Jorge Orlando Melo buscaba información sobre las relaciones bilaterales entre Colombia y Estados Unidos en la década de 1920 y de repente se topó con una serie de documentos que hacían referencia a una película de la cual no había oído hablar. Dejó todo de lado y se puso a leer.

Una carta del Departamento de Estado dirigida a los cónsules en América Latina les hablaba de la existencia en Colombia de una película titulada Garras de oro, que tenía un mensaje contra Estados Unidos y por tanto les pedía que hicieran todas las gestiones posibles para que no fuera presentada. También había varias respuestas de distintas partes. "La carta que más recuerdo -narra el historiador- era una de San José de Costa Rica, firmada por el cónsul, que en esencia decía: 'No hay que preocuparse, pues yo soy el dueño de todos los teatros de San José y me encargaré de que no se publique' ".

La orden del Gobierno estadounidense logró lo que buscaba. El resultado fueron décadas de olvido, pues hasta comienzos de los ochenta en ningún libro sobre el cine hecho en Colombia aparecía mención alguna a esta cinta. De ella no se hablaba ni en la Historia del cine colombiano, de Hernando Martínez Pardo, publicado en 1978, ni en la Crónica de cine colombiano, de Hernando Salcedo Silva, de 1981. Tampoco había referencia alguna a su director, P. P. Jambrina, ni a los camarógrafos aparentemente italianos Arnaldo Ricotti y Arrigo Cinotti, aun cuando la Colombia Films Company, fundada en Cali en los tempranos años veinte, había traído personal artístico y técnico desde Italia para realizar películas.

A pesar de ello, la cinta parecía destinada a ser investigada tarde o temprano. Y así fue: un buen día de 1985, cuando iba a emprenderse la restauración del teatro Jorge Isaacs, de Cali, el cinéfilo Rodrigo Vidal se encontró algunos rollos abandonados en su sala de proyección. Eran de Garras de oro, que no había vuelto a ser proyectada desde 1928. Y como justo en 1986 fue creada la Fundación Patrimonio Fílmico, su director técnico, Jorge Nieto, se mostró interesado en ese curioso material. Cuenta el cineasta Luis Ospina que juntos la analizaron en moviola y se encontraron con un letrero que decía "Vietato fumare", por lo que podía pensarse que hubiera sido parcialmente filmada en Italia.

Pronto Garras de oro tendría otro momento de suerte. El cartagenero Enrique Ortiga, que trabajaba en el Departamento de Cine del Museo de Arte Moderno de Nueva York, ayudó a que la cinta fuera restaurada por dicha entidad con fondos de varias empresas colombianas. Para ese entonces ya despuntaban los años noventa.

Escarbando

Las indagaciones de Ramiro Arbeláez y Juana Suárez también aportaron datos relevantes. Quién era el tal P. P. Jambrina era una pregunta que se hacían recurrentemente. Si era un seudónimo, urgía quitarle la máscara. Otras inquietudes eran dónde había sido filmada, qué ciudades habían alcanzado a verla y quién la había escrito.

Luego de preguntar y escarbar en documentos, los investigadores se encontraron con una perla: P. P. Jambrina era en realidad un periodista y político connotado de Cali. La identidad será revelada en un ensayo próximo a publicarse titulado "Garras de oro: The intriguing orphan of Colombian silent films" (Garras de oro: La intrigante huérfana del cine silente colombiano).

Por ahora, Arbeláez solo adelanta una pista: "Era primo en tercer grado de Carlos Mayolo, o sea que el abuelo de Carlos era primo de P. P. Jambrina". Dicho de otra manera, era un pariente lejano del director de cine que cuatro décadas después, junto con Luis Ospina, haría que la capital del Valle mereciera el remoquete de 'Caliwood'.

Otra rareza que dio pie para pensar que se trataba de una producción foránea fue la diferencia tan grande entre Garras de oro y las películas que se filmaron por esos años en Colombia. Mientras aquella tenía lujosos interiores y exteriores en Nueva York, Bogotá y el río Magdalena, las otras mostraban una puesta en escena más austera; y mientras aquella tenía un fuerte contenido político y narraba un conflicto amoroso integrado a una trama de espionaje diplomático, las otras se inclinaban por temas locales y argumentos sencillos.

"En términos estéticos nos pareció muy adelantada para su época, aunque esto solo lo pudimos corroborar recientemente, cuando se restauraron Bajo el cielo antioqueño, Madre, Alma provinciana y Amor, deber y crimen", explican los investigadores. Lo único que despeja la duda sobre el origen es que quien escribió los libretos de Garras de oro fue un cartagueño y que el acta de constitución de la empresa Cali Films fue levantada en Colombia.

La polémica cinta vio la luz y el éxito en marzo de 1927, cuando fue estrenada en el Teatro Moderno de Cali. Al año siguiente continuó su camino hacia Medellín y Buenaventura, pero no alcanzó a llegar a Manizales porque se le cruzó la censura. Allí desapareció su rastro. Seguramente algunos la consideraron 'peligrosa' y la borraron del mapa y de la memoria.

Por fortuna, nada logra estar lo suficientemente oculto y la cinta ahora cuenta con admiradores y seguidores, como Dan Streible de la Universidad de Nueva York, que asegura sin asomo de duda que se trata de la primera película antiyanqui del mundo. Paradojas del destino.

"Hay que vigilar más al Gobierno"

Robert Redford, actor y director.

POR MARIO AMAYA

EL VETERANO actor y director estrena esta semana en Colombia la película Leones por corderos, sobre la intervención militar de Estados Unidos en Afganistán después del 9/11.

CAMBIO: ¿Esta es otra película de guerra?

Robert Redford: No es de guerra, sino sobre lo que ha sucedido en Estados Unidos durante los últimos seis años en la política, en los medios de comunicación y en la educación.

¿Qué deben hacer los estadounidenses para parar la cruzada en la que los metió Bush?

Creo debemos prestar más atención a lo que hace el Gobierno. Estados Unidos entró en una guerra cuando todos los ciudadanos estábamos en shock por lo sucedido el 9/11, en un momento en que el país aún dudaba de la legitimidad de la victoria de Bush, que para muchos, incluido yo, no era limpia. Bajo esos parámetros, el Gobierno impuso un sistema blindado en el que cualquier intento de cuestionar la verdad de sus actuaciones era considerado como antipatriótico. Todo eso para descubrir que esta administración ha construido buena parte de su política en mentiras, lo cual ha puesto en gran riesgo nuestra reputación como país en todo el mundo. Las grandes pérdidas que ha tenido el país en estos años han sido por no haber cuestionado este Gobierno. Esos son puntos que trato de poner como base en esta cinta, en la que no hay respuestas, sino preguntas que deseo que pongan a pensar a la audiencia.

La cinta culpa a la prensa de ser cómplice de la manipulación. ¿Cuál es su posición al respecto?

Este filme no culpa a la prensa en sí, sino a una parte de ella que no está haciendo su trabajo.

¿Cuál fue su reacción el día que vio a Bush en televisión diciendo que iba a enviar tropas al Medio Oriente por el bien de la democracia?

Nunca le creí.

¿Cómo fue la relación con Tom Cruise?

Muy interesante. Él siempre ha tenido la imagen intensa y vital del norteamericano, fundamental para desarrollar el personaje del político que yo quería mostrar. De hecho, es bastante convincente para mis propósitos.

"El silencio no tiene límites, para mí los límites los pone la palabra." Marcel Marceau

El cine como instrumento de colonización cultural: Disney, el western y el musical

Ponencia presentada en el V Congreso Internacional “Cultura y Desarrollo” de La Habana

El cine como instrumento de colonización cultural: Disney, el western y el musical

Carlo Frabetti

Casi desde sus orígenes, el cine se convirtió en el más eficaz vehículo de la cultura de masas (y por ende en el más poderoso instrumento de colonización cultural), solo superado, a partir de los años sesenta, por la televisión. O complementado, más que superado, puesto que la televisión vino a potenciar de forma extraordinaria, dándoles una nueva y masiva difusión, los productos cinematográficos y paracinematográficos (telefilmes, series, etc.). Es absurdo, por tanto, decir que la televisión le hace la competencia al cine: en todo caso, le hace la competencia a los cines (es decir, a las salas de proyección), pero la cinematografía como tal tiene en la televisión su mejor aliada.

Y desde sus orígenes la industria cinematográfica fue un cuasimonopolio de Estados Unidos, así como su más eficaz arma ideológica y propagandística; no es exagerado afirmar que, sobre todo en los años cincuenta y sesenta, Hollywood desempeñó un papel no menos importante que el Pentágono en la agresiva campaña imperialista estadounidense.

Para analizar el papel del cine como instrumento de colonización cultural, he elegido tres de sus vertientes más representativas (dos de ellas claramente tipificadas como “géneros”): los productos Disney, el western y el musical. La elección puede parecer un tanto arbitraria, incluso anecdótica, puesto que hay géneros mucho más explícitos desde el punto de vista de la propaganda ideológica (como el cine bélico o el policíaco); pero es precisamente su supuesta neutralidad lo que hace que estas tres ramas de la cinematografía estadounidense sean especialmente peligrosas, como intentaré mostrar a continuación.

Los productos Disney

A partir de la II Guerra Mundial, la factoría Disney inundó el mercado internacional con tres tipos de productos básicos: cortometrajes de dibujos animados, largometrajes de dibujos animados (los largometrajes con actores reales son más tardíos e inespecíficos) y cómics (desarrollados sobre todo a partir de los protagonistas de los cortometrajes).

Los cortometrajes disneyanos suelen ser meras sucesiones de gags humorísticos, y su carga ideológica es comparativamente escasa, aunque fueron decisivos para imponer a los dos grandes iconos de Disney: el ratón Mickey y el pato Donald, que se convertirían a su vez en los máximos protagonistas de los cómics de la factoría.

El análisis de las historietas de Mickey y Donald es especialmente interesante, pues en ellas alcanzan pleno desarrollo ambos personajes (apenas esbozados en los dibujos animados). En sus aventuras (a menudo bastante largas y de una cierta complejidad argumental), Mickey se perfila como el típico héroe positivo, valeroso y de conducta intachable, mientras que Donald se aproxima más al “semihéroe” de las típicas comedias cinematográficas estadounidenses, voluble y chapucero pero básicamente bueno. En su libro Cómo leer el pato Donald (1972), Ariel Dorfman y Armand Mattelart llevan a cabo un exhaustivo análisis del solapado contenido ideológico de los cómics disneyanos, y a dicho ensayo remito al lector interesado en un tema que no es posible tratar debidamente en esta breve exposición. Solo señalaré las curiosas relaciones de parentesco que se dan tanto en la familia Duck como en la familia Mouse: Donald vive con tres sobrinos (que no se sabe de quiénes son hijos), y los cuatro se relacionan de forma recurrente con el “tío Gilito”; las relaciones conyugales y paternofiliales brillan por su ausencia, y lo mismo ocurre en el caso de Mickey y sus dos sobrinos; además, tanto Donald como Mickey tienen sendas “eternas novias”, Daisy y Minnie, con las que mantienen relaciones un tanto ambiguas. ¿Impugnación de la familia convencional? Todo lo contrario: el matrimonio y la familia nuclear son la meta suprema, la culminación de toda aventura, y por tanto no pueden formar parte de la aventura misma; podríamos hablar, en este caso y en otros similares (casi todos los héroes del cómic tienen su correspondiente “eterna novia”), de mitificación por omisión.

En cuanto a los largometrajes de dibujos animados de la factoría Disney, sobre todo los de la primera época (Blancanieves, Bambi, Cenicienta, Pinocho, Peter Pan, La Bella Durmiente, etc.), han desempeñado un papel crucial en el proceso de suplantación de la cultura popular por la cultura de masas, al contribuir de forma decisiva a banalizar, edulcorar y resemantizar (es decir, ideologizar) los grandes cuentos maravillosos tradicionales y los clásicos de la literatura infantil. A primera vista, podría parecer que su carga ideológica no es muy intensa; pero no hay que olvidar que las películas de Disney van dirigidas (aunque no solo a ellos) a los niños, es decir, a un público indefenso ante los poderosos estímulos audiovisuales de estos excelentes (desde el punto de vista técnico) productos. Teniendo en cuenta, además, el extraordinario éxito de los grandes “clásicos” disneyanos, su amplísima difusión tanto en el espacio como en el tiempo, sería un grave error subvalorar la potencia indoctrinadora de sus almibarados mensajes ético-estéticos, que han grabado en las mentes de varias generaciones de niños unos patrones de belleza y bondad (y de fealdad-maldad) cuya trascendencia aún no ha sido debidamente estudiada.

El western

A primera vista, resulta sorprendente que un género tan específicamente estadounidense, tan ligado a una historia y unas condiciones exclusivamente locales, haya alcanzado en todo el mundo un éxito tan extraordinario. Bien es cierto que la mera fuerza bruta de la industria cinematográfica podría haber impuesto cualquier tema, por muy local que fuera; pero un cine sobre las hazañas de los boy scouts o de los jugadores de rugby, pongamos por caso, no habría tenido la misma aceptación masiva que el western.

La explicación profunda del éxito sin precedentes de este género hay que buscarla en el hecho de que la sistemática campaña de expolio y exterminio conocida como “la conquista del Oeste” ha sido la última gran “epopeya” de la “raza blanca” contra otras etnias y de la cultura occidental contra otras culturas (la actual “cruzada contra el terrorismo islámico” no ha terminado, por lo que todavía no es materia épica, y esperemos que nunca llegue a serlo). La explicación está, en última instancia, en el racismo y la xenofobia de una sociedad brutal, íntimamente orgullosa de su larga tradición de atropellos y masacres.

Con el tiempo, el western evolucionó desde las consabidas cintas de “indios y vaqueros”, burdamente maniqueas y solo aptas para niños y descerebrados, hacia relatos más centrados en la épica del héroe solitario y autosuficiente, eficaz expresión del mito estadounidense del self-made man; e incluso daría lugar a derivaciones tan curiosas e interesantes como el “spaghetti western”, cuya peculiar retórica hiperbólica (y a menudo autoirónica) merecería un estudio aparte. Pero, en conjunto, el western es sin duda el género cinematográfico que de forma más grosera (y a la vez más eficaz) ha proclamado la “superioridad” de la “raza blanca” y de la cultura occidental. Toda la propaganda nazi y fascista de los años treinta se convierte en un juego de niños ante esta gigantesca maniobra de colonización cultural e idiotización de las masas.

El musical

Este género en apariencia tan amable e inofensivo como los dibujos animados, y a menudo ensalzado incluso por la crítica “de izquierdas” (revistas tan prestigiosas como la española Film Ideal o la francesa Cahiers de Cinéma rindieron en su día delirantes homenajes al musical estadounidense), ha sido probablemente el que más ha contribuido a imponer en todo el mundo los nefastos patrones ético-estéticos (los “valores”, en última instancia) tardooccidentales (no olvidemos que la cultura de masas estadounidense no es más que la degradación de la cultura occidental, la apoteosis de su banalización y decadencia).

El musical es, desde el punto de vista temático, una variante de la comedia romántica, y como tal nos propone, ante todo, unos estrictos modelos de conducta masculinos y femeninos, unos protocolos de cortejo igualmente rígidos y, en última instancia, una idealización extrema del amor convencional (que no en vano es el mito nuclear de nuestra cultura). Pero su peculiar naturaleza artística, su condición de “gran espectáculo”, su eficaz utilización de los recursos estéticos y retóricos de la música y la danza, convierten al musical en la máxima expresión del glamour, la elegancia y la alegría de vivir.

Es interesante intentar ver un musical con ojos de niño o de espectador ingenuo, no familiarizado con las convenciones del género. Un hombre y una mujer están conversando normalmente y, de pronto, sin previo aviso y sin mediar provocación alguna, él empieza a cantar. ¿Un ataque de locura transitoria? De ser así, la locura es contagiosa, pues ella, en vez de llamar a un médico, se pone a cantar también, y a los pocos segundos, arrastrados por su delirio melódico, el hombre y la mujer están bailando claqué... Los críticos culturales solemos buscar los mensajes ocultos tras la literalidad de determinados mensajes aparentemente simples, pero deberíamos realizar también el ejercicio recíproco: analizar la literalidad de ciertos mensajes “poéticos”. En este sentido, no deberíamos pasar por alto el nivel puramente denotativo de ciertas metáforas y metonimias típicas del cine, la publicidad y otras formas de seducción-indoctrinación. En las sociedades occidentales, gritar de felicidad y dar saltos de alegría son manifestaciones poco comunes entre los adultos; pero no en vano las alusiones verbales a estos impulsos reprimidos (su enunciación sustitutoria) se han convertido en frases hechas, y el musical se limita a sublimarlas artísticamente, puesto que cantar y bailar no es más que gritar y saltar de forma articulada. Si tenemos en cuenta, además, la relación de la danza con el cortejo y con la sexualidad misma, no es difícil ver en el musical la expresión más clara y desaforada de la mitología amorosa (es decir, de la ideología) occidental. Recuerdo una discusión que tuve hace muchos años con un conocido crítico de cine comunista sobre Cantando bajo la lluvia (una auténtica obra maestra desde el punto de vista artístico, qué duda cabe). “No me negarás que es una de esas películas que ayudan a vivir”, me dijo en un momento dado, a lo que repliqué: “En efecto, y precisamente en eso estriba su peligro: ayuda a reconciliarse con una forma de vida inaceptable”.

Corbatas, tacones y hamburguesas

Desgraciadamente, la fascinación de la crítica de izquierdas por el musical estadounidense no es un fenómeno aislado. Sin ir más lejos, resulta paradójico (y preocupante) que en el más antiimperialista de los países y en el marco de un congreso sobre la diversidad cultural, disten de ser infrecuentes los signos de sometimiento a los patrones occidentales.

Si el traje de chaqueta (esa atrófica chaqueta que no en vano se denomina “americana”), uniforme oficial del macho dominante que lo distingue tanto de la clase oprimida (los obreros) como del género oprimido (las mujeres), es absurdo en todas partes, lo es doblemente en Cuba, y el hecho de que esté desplazando a la tradicional, elegante y funcional guayabera en los actos oficiales, es una señal de decadencia estética cuya importancia (nulla aesthetica sine ethica) no habría que subvalorar. ¿Y qué decir de la falocrática corbata, ese ridículo nudo corredizo de seda, a la vez signo de poder y de sometimiento, que en Occidente sigue siendo de uso obligatorio en muchos lugares y circunstancias?

¿Y qué decir de los zapatos de tacón (a cuyo éxito tanto han contribuido las divas de Hollywood)? No solo son obviamente inadecuados para caminar (y ya no digamos para correr), sino que, por si fuera poco, los traumatólogos llevan décadas denunciando los graves daños para los pies, e incluso para la columna vertebral, que acarrea su uso. Y, por otra parte, ¿cuál se supone que es su función? ¿Hacer más “atractiva” a la mujer que los lleva? Pero ¿quién puede encontrar atractiva a una mujer que lleva en los pies unos instrumentos de tortura que limitan su movilidad y dañan su salud? Solo un enfermo, obviamente, un machito baboso que se excita con la estética del dolor y la sumisión. La próxima vez, compañeras, que vayáis a calzaros unos zapatos de tacón, preguntaos qué pretendéis con ello. Si vuestra intención es excitar a los sadomasoquistas, y os parece, además, que el logro de tan alto objetivo merece la inmolación de vuestros metatarsianos y vuestras vértebras, adelante; pero si vuestra finalidad es otra (por ejemplo, que os consideren personas y no objetos), estáis adoptando una estrategia claramente equivocada.

Pero tal vez el más nefasto de los hábitos cotidianos impuestos por la cultura estadounidense (aunque no solo por ella, sino por los países ricos en general) sea el carnivorismo. Las hamburgueserías (y a ello ha contribuido el cine de forma muy especial) se han convertido, en todo Occidente (y en parte de Oriente), en importantes lugares de encuentro de los adolescentes, tan emblemáticos como las discotecas o los grandes centros comerciales. Y la disparatada idea de que “comer bien es comer carne” ha calado profundamente en casi todo el mundo, incluida Cuba, donde el consumo de cerdo está alcanzando niveles preocupantes (la última Feria del Libro de La Habana, sin ir más lejos, estaba llena de puestos ambulantes donde se vendían esas grasientas seudohamburguesas porcinas que hacen las delicias –y las barriguitas-- de tantos cubanos). El carnivorismo (y en especial el cerdivorismo) es nefasto desde el punto de vista dietético, económico y ecológico, y la revolucionaria Cuba debería abordar el tema con la seriedad que merece.

La defensa de la diversidad cultural bien entendida empieza por uno mismo, por una misma, y quienes nos oponemos a la dominación imperialista deberíamos ser más críticos con nuestras propias costumbres. Tendemos a considerar naturales nuestros hábitos cotidianos (dietéticos, indumentarios, amorosos), y a menudo no solo no son tan naturales, sino que en realidad ni siquiera son nuestros. En estos momentos, para Cuba, como para muchos otros países de todo el mundo, la mayor amenaza imperialista no está en el Pentágono, sino en Hollywood y en McDonald’s.


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