PAÍS DE GRAMÁTICOS







Alfredo Molano Bravo
sábado, 23 de febrero de 2008

El cese de hostilidades es una metáfora, sentenció hace poco el consejero de Paz, Luis Carlos Restrepo. También son metáforas, opino yo, la Seguridad Democrática; las cifras oficiales sobre número de homicidios, desplazados, fumigaciones; la acción social del Gobierno. El cese de hostilidades, agrega, “debe ser tomado con mucha fluidez”. Es decir, haciéndose el pendejo y atribuyéndole al resto del país idéntica condición. Más claro ni el gallo de las Espinosa. Día a día las denuncias sobre reaparición de ejércitos paramilitares, llamados ahora Águilas Negras —¿o Águilas Verdes?—, o Grupos Emergentes, o Rastrojos o, con cinismo, Organización Nueva Generación, son más francas y amenazadoras. Cierto es que hay una brutal lucha entre ellos y aparecen mandos muertos por todas partes, unos empaquetados, otros descuartizados, otros simplemente tiroteados, pero la función que les ha sido asignada de imponer orden privado y público para sus negocios y para la solvencia del establecimiento, no está en duda. Desde su nacimiento los paracos han dicho que son hijos de la debilidad del Estado y en parte tienen razón, si por debilidad del Estado se entiende la renuncia al monopolio de las armas en beneficio de la justicia privada. Nadie puede negar que el trabajo sucio necesario para “desaguar el acuario” lo han hecho ellos con sevicia y rodeados de todas las garantías. El Gobierno alegó en tiempos de Ralito que una vez desmovilizados estos criminales —reclutados a dos manos entre los fieles de la parapolítica—, el peligro que aparecía en el horizonte era que el nuevo vacío fuera llenado por las guerrillas. No parece haber sucedido así, aunque la Vicepresidencia afirma que en 2006 las Farc se paseaban o combatían en el 66% de los municipios del país. Los paras han sido reemplazados por remozadas o recalzadas fuerzas paras. De todos modos, ahí están de nuevo con las armas en la mano, mientras los paramilitares antiguos, los de tradición, confiesan, con la desfachatez que les da la debilidad del Gobierno en el asunto, que se les ordenaba matar a mil enemigos, fueran combatientes, estructuras milicianas o simples colaboradores en retaliación por el ataque de las Farc en Paramillo detrás de Castaño, como lo afirmó la semana pasada Jorge 40; o que habían exhumado cientos de cadáveres en la Sierra Nevada y los habían botado a los ríos para evitar posteriores investigaciones, como declaró don Hernán Giraldo. Estos metafóricos confesos son la otra voz de los paracos, la legal, la que utiliza los juicios públicos para arrinconar al Gobierno y burlarse de los jueces; la que despliega justificaciones ideológicas para que sus jefes sean reconocidos como sediciosos, según el Gobierno lo demanda. Las formas de lucha son fluidas y usadas por todos “actores del conflicto”, incluida la Fuerza Pública. Es evidente que el Comisionado tiene culillo a que los conspicuos residentes en las cárceles de alta seguridad hablen de los pactos de Ralito con su despacho, con los gamonales o con los prohombres de la antioqueñidad, como lo denuncian Clara López y León Valencia. Por eso el Gobierno teme verse en la penosa obligación de extraditarlos, miedo con que, paradójicamente, los jefes en Itagüí chantajean para hacer lo que quieren desde sus celdas. De todos modos, en Barranca, en el Catatumbo, en Nariño, en La Guajira, la metáfora está haciendo ochas y panochas. ~~~Nota: Ha sido escandaloso el manejo de la boletería para la corrida de mañana domingo en la Santamaría. Varios meses antes había corrido la voz de que se habían agotado las entradas, lo que parece normal habiendo el cartel que hay. Los aficionados que no somos abonados quedamos en manos de los revendedores. A las 9 a.m. del lunes pasado abrieron las taquillas, la cola daba la vuelta a la plaza y llegaba hasta el Parque de la Independencia. A las 10 a.m. cerraron la taquilla. A las 11 a.m. los especuladores cobraban el doble por cualquier boleta. El martes costaban tres veces más, y así, cada día doblaban el precio. La Policía miraba impasible a los acaparadores. ¿Cómo hicieron los revendedores para hacerse a la mitad de la boletería por fuera de taquilla? ¿La empresa tiene sus propios calanchines o revendedores? ¿El gobierno distrital no tiene voz ni voto en el control de la boletería? Samuel, el alcalde, tan aficionado, no se resignaría a semejante especulación si no tuviera el lugar que ocupa en el callejón.

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